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Hubo una época en la que quise ir al gimnasio todos los días. Bueno, la intención era buena pero llevarla a cabo probó ser más difícil. Al fin y al cabo, mis visitas al gimnasio hasta ese día se había limitado a la típica invitación que te dan el primer día que vas a un gimnasio. Sí chichos, ese era (y aun soy bastante) yo.
Fue por aquel entonces que leí este artículo y cambié mi táctica 180º. En vez de centrarme todos los días en querer ir al gimnasio y algunos días conseguirlo y otros no, hice que la modificación del hábito fuese INEVITABLE.
¿Cómo? De forma muy sencilla; a partir de ese día, comencé a poner mi bolsa de deporte, con todo lo necesario y limpio, enfrente de la puerta de mi casa TODOS los días. Así, siempre que iba a trabajar la tenía lista y preparada…
Ese simple cambio hizo que empezase a ir al gimnasio al menos 4 días a la semana durante los 8 meses que estuve en ese trabajo en concreto (teníamos un gimnasio en el propio campus laboral e iba a los mediodías).
A muchos os parecerá una tontería, pero en realidad, fue esa pequeña decisión la que cambió todo para mi.
Esto son las barreras pasivas.













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